- El recuerdo
Recuerdo la tarde en que me enteré. Su heraldo tomó mi mano, me miró a los ojos y colocó sus labios sobre los míos, tan dulces como siempre. Anunció con un beso que se acercaba el día de mi muerte. Secó mis lágrimas y, con una disculpa escondida entre su media sonrisa, se levantó y se fue.
Un par de días ocurrieron sin ninguna novedad. Esperé dejar de respirar mientras dormía, atravesarme en el trayecto de una bala perdida e incluso intenté, debajo de los árboles, que algún rayo me descubriera. Nada pasaba más que las horas. Sin sentir mucho, entendiendo menos.
Me encontró al fin una noche, mientras preparaba mis cosas para el día siguiente. «Eso no será necesario», me dijo. Le pregunté si podría despedirme, pero me miró como si ella supiera que ya no había nadie de quién hacerlo. Tampoco respondió cuando le pregunté si iba a ser doloroso. Yo no lograba comprender nada.
Resulta que uno va muriéndose de a poco, como las flores se van rindiendo a la gravedad. La vida sigue fluyendo, solo que ya no permanece en su sitio.
Me llevó frente a una puerta y me ordenó entrar. Al interior solo había una silla frente a un espejo. «Siéntate y mantén los ojos abiertos» y cerró la puerta dejándome solo. Yo obedecí y tomé mi lugar.
Observé mi reflejo con toda la tranquilidad de quien sabe que es la última vez que será mirado. De pronto, mi reflejo comenzó a deformarse y toda esa calma se vio arrebatada por un dolor intenso proveniente de mi interior. Un grito desgarró mi garganta y se me entumecieron las manos. Podía sentir que mil espinas me atravesaban la lengua, y cómo mis huesos se fracturaban debajo de mi piel. La sangre brotó de mi frente en pequeñas pero profusas gotas de sudor que recorrieron mis mejillas hasta llegar a mis labios. Un sabor a sal quemada y hierro fundido.
Frente a mí, el espejo comenzó a contar una historia: la mía. Aparecieron todos los dolores que me pertenecieron, incluso aquellos que no me correspondía adoptar. Vi mis carencias y mis heridas abiertas. Todas las veces en que alguien profirió un insulto en mi contra y todas aquellas en que fui yo quien acertó alguno en contra de alguien más. Pude ver mi necesidad de atención y aprobación, la falsa empatía que enmascaraba el miedo a que me abandonaran. Atestigüé todos los castigos que pronuncié en ejercicio de mi soberana y autoritaria inconsciencia; vi a mi soberbia arrebatarme tesoros que yo mismo pedí descubrir. Las trampas colocadas por mi orgullo y mi ego herido en las que fui cayendo cada vez que alguien endulzaba mi oído con el veneno de la pertenencia. Las mentiras que me vendí para no enfrentarme a mis propias consecuencias.
Lo recuerdo bien. Mientras consumía el último aliento que me perteneció, pude verme a los ojos y mirar una realidad que nunca quise ver.
Hora de la muerte: la prevista.
2. El eco
Aquí el tiempo transcurre distinto. A fin de cuentas es algo que solo le importa a los vivos, incluyendo a aquellos que no están muy interesados en vivir.
Uno piensa que cuando morimos todo el dolor desaparece. Creemos que los fallecidos están mejor que los que nos quedamos. Bueno, mejor dicho, eso era algo que yo pensaba. Pero resultó una mentira, construida para hacer más llevadero el duelo. La realidad es que todo sigue doliendo, pero duele diferente. Es un dolor casi susurrado, que te habla al oído mientras te acaricia la piel nada más con la punta de los dedos.
Desde que llegué creí ser el único en este lugar. Tan oscuro como si tuviera los ojos cerrados, pero supe por el perfume del aire que se trataba de una especie de campo abierto, sin un horizonte visible, como intentar ver el mar durante la noche. Esa ansiedad causada por la incertidumbre, por la falta de finitud.
No sentí hambre ni sueño, ninguna necesidad fisiológica porque, para rematar, no podía ver mi cuerpo. Solo sabía que estaba ahí. Por primera vez, el silencio no me abrumó, terminé por entregarme a él.
En un determinado momento comenzaron las voces. Pertenecían a personas que conocí a lo largo de mi vida, diciendo cosas que se parecían a los recuerdos que algún día poseí, pero eran distintos. En unos casos variaba alguna palabra, en otros el mensaje era completamente distinto. Supongo en algún punto mi memoria comenzó a tomarse demasiadas libertades creativas. Debo ser honesto y señalar que nunca sentí tristeza o nostalgia; entendía que esa había sido mi vida, pero no se sentía como si fuera parte de mí. Sin embargo, no significa que no sintiera nada. El dolor me acariciaba muy por encima. Sutil pero presente.
Observé aquella vida con una frialdad absoluta, con distancia y con cierto hartazgo. Como si ahora me pareciera obvio el resultado al que me llevaron mis decisiones. Permanecía inmutable ante lo que veía.
Pasó mucho, mucho tiempo. Me aprendí de memoria cada escena, cada conversación, cada coincidencia. Y ahí hubiera permanecido, si no fuera porque en una ocasión, mientras observaba una mañana de navidad, una voz desconocida me sacudió. «¿Terminaste?», me preguntó. Yo intenté ubicar el lugar desde el cual provenía esa voz casi sepulcral, pero no tuve éxito. «¿Qué se supone que debo hacer con esto? Ya sé lo que pasa después, no hay nada que pueda cambiar, ya lo intenté». «¿Y por qué piensas que tu trabajo es cambiarlo? ¿Qué sentido tendría?». Yo comenzaba a irritarme; no es como que yo hubiera decidido entrar en un limbo interminable de recuerdos. «¿Sentido? ¿Qué me vas a decir tu del sentido? Nada aquí lo tiene, me la paso como un imbécil reviviendo cada momento de una vida que ya no es mía. Ni siquiera siento algo parecido a la añoranza de volver a vivirlo. Esto no me sirve ni para sentirme miserable por todo lo que se fue».
No hubo respuesta por lo que fácilmente pudo equivaler a treinta minutos de los vivos. De repente, por primera vez el cielo se iluminó. Me encontraba en un enorme prado, a lo lejos alcanzaban a asomarse algunos valles, todo pintado de verde y amarillo. Supuse que era el inframundo de los griegos. En vida no le atiné ni a la religión que era la buena. «Estos no son los Campos Elíseos», me respondió la voz como si supiera lo que pensaba. «¡Vaya! Entonces tú eres Dios. Bueno, tan equivocado no estaba», refunfuñé. «Piensa lo que quieras, no es mi trabajo hacer que lo entiendas. Eso depende de ti», me dijo. Eso me puso a pensar, no era ni un cielo, ni un infierno, tampoco era un paisaje especialmente bello, tal vez no estaba muerto, pero tampoco me sentía ni tantito vivo. Recordé que hasta ese momento todo había sido oscuridad, y miré hacia abajo para ver si reconocía mi cuerpo. Nada. Solo pasto. O era una cabeza flotante o ni siquiera estaba ahí. Nada tenía sentido alguno.
Todo volvió a oscurecerse. Al menos ya sabía que no había hacia dónde ir. Pasó más tiempo sin rastro de aquella voz, hasta que por fin se me ocurrió preguntar en voz alta: «¿Por qué estoy aquí?». «Fue tu decisión. Aquí sólo se puede llegar voluntariamente», me respondió. Tardé un poco para procesar esa verdad. Recordé todas las veces que olvidé el sonido del silencio, cuando mis pensamientos se me salían de las manos y me llevaban a experimentar las angustias más despiadadas. Tanto pedí yo por vivir la calma, tan poco pude ver que siempre estuvo a mi alcance. Y ahora, que todo aquello me era ajeno, que no había nada más que la nada, acepté que mi única labor era rendirme a mis circunstancias.
No hubo ninguna valoración moral, solo causas y resultados. Lo que estando vivos duele, dolerá. Las lágrimas se ofrendan a la posibilidad de amar, de la misma forma en que se ofrendaron sobre nuestra piel las caricias y las miradas. Nada se repite nunca. Incluso cuando nos aferramos a cometer los mismos errores, nunca la prueba será la misma.
La necedad me orientó a mi muerte. El cansancio me llevó al silencio y mi falsedad resultó ser mi verdad. Viví una vida digna de ser vivida. Que ya no me pertenece y no me pertenecerá, pero que, aún así, viví al límite. Entregué todo lo que fue mío hasta el último momento, dejé semillas sembradas en quienes me acompañaron. Hay palabras que quedaron sin pronunciarse, historias que no serán contadas. Pero hubo mucha vida en las verdades que sí nacieron, hubo tanto amor en aquellos momentos en que se amó. Porque viví la vida en la única forma en que logré entenderla.
Entonces, la tierra se sacudió.
3.El descanso
Cuando abrí los ojos, sólo había silencio. Mi primer instinto fue estirarme debajo de las sábanas y mover los dedos de los pies. A diferencia de antes, la luz entraba a través de la ventana con una intensidad que sólo se encuentra al nacer el día. Me mantuve quieto por unos minutos, sólo para asegurarme que se trataba de mi estado de vigilia y no de otra ensoñación. Cuando reuní el valor suficiente, me incorporé sobre mi cama y me detuve a observar la habitación. Todo estaba en su lugar, tal cual como solía encontrarse. Hice el intento pero no logré recordar lo que había sucedido la noche anterior; busqué algún indicio que denotara algo, una botella vacía, un porro a medio fumar. Nada. Solamente esa voz, retumbándome en la cabeza. Yo esperaba sentirme distinto, pero no hubo ninguna diferencia. Al menos no como lo pintan en las películas. No hubo un éxtasis, una urgencia por vivir, por disfrutar cada momento como si fuera el último. Fue cuando llegué a la cocina para hacer el desayuno que por fin lo escuché: el silencio. La absoluta ausencia del escándalo en mi mente.
Dejé el sartén sobre la hornilla y apagué la estufa. Salí al balcón de la habitación y fui recibido por el viento fresco del amanecer. Mis sentidos se habían vuelto más perceptivos. Podía escucharlo todo, podía olerlo todo. Nada se veía diferente, sólo se veía más claro. Feliz no estaba, únicamente estaba tranquilo. Recordé todo lo que viví antes de sentarme frente a aquel espejo ante el que mi cuerpo se fue descomponiendo, todas las personas, todo mi pasado, seguían ahí. La soledad, la nostalgia, la tristeza y el dolor, ahí estaban, sólo que esta vez tomaron su distancia. Fue como ser consciente de una herida que ya no estaba abierta, pero que se había vuelto indeleble. Entendí que era yo el que decidía qué tanto presionarla para saber que seguía estando ahí. Espero no se me haga costumbre.
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