La primera vez que me rompieron el corazón pude entenderlo. Fue una pedrada directa al recipiente de vidrio donde guardaba mis emociones. Entonces empecé a escribir. Sin mucha coherencia, con muy poca técnica. Vomité la tinta sobre la página. Descubrí que existía un poema que había ordenado las palabras que estaban dispersas dentro de mí. Entonces me aprendí el poema; al sol de hoy lo recuerdo.
Intenté mis primeros poemas iniciando la carrera. Me gané un par de premios, minúsculos pero simbólicos. Comencé a devorarme todos los libros que llegaron a mis manos, sin entender absolutamente nada. Leía por leer, pero entendía más sobre cómo los demás usaban las palabras.
Años después el torbellino regresó. Cuando la pandemia terminó con nosotros. Sobra decir todo el desbarajuste psicológico que dejó a su paso, pero eso me lleva al punto al que quiero llegar.
Me volví a encontrar con la desesperación hecha piedra. Mis primeros ataques graves de ansiedad, los primeros episodios psicosomáticos, la dermatitis, la caída del cabello, los otros cigarros que ya no me quería fumar.
De nuevo, escupí la bilis y me limpié la boca con las hojas de mi cuaderno.
Cuando las cosas volvieron a encontrar su curso, me enamoré como jamás lo había hecho. Tanto amor que no me cabía en el pecho y tuve que encontrar todas las maneras para expresar esa plenitud. Como a Sabines, me hubiera bastado una semana para reunir todas las palabras de amor pronunciadas sobre la Tierra. Estudié cada una, descartando aquellas que no me fueran suficientes. Cada palabra pulsaba amor.
Descubrí que no todo lo que escribía debía ser malo. Aprendí a dibujar oraciones acerca de cómo la luz del sol era suficiente para recordarme la pasión y el cariño que me ahogaban, entendí por qué todos escriben sobre el cielo, del mar, de la luna. Cuando extrañas a alguien le ves en todos lados. Al final, es una forma de inmortalizar una historia de amor.
Cuando apareció de nuevo el dolor, fueron las palabras las que me refugiaron. El coraje, el rencor, la tristeza escurrían sobre el teclado. Deseché libretas enteras que jamás verán la luz del sol porque no tenía sentido que lo hicieran.
Me vi obligado a escribir realidades que no correspondían a la mía, porque con la que estaba viviendo no me alcanzaba para sobrevivir.
Todo lo que he escrito está escrito para mí, y al ser así, está escrito para todos los que me hicieron ser quien soy. A todos los que he amado, y a todos los que me han amado.
Si no me encuentran, si no me ven, si se olvidan de mi voz, léanme, porque siempre voy a estar ahí, y ustedes junto a mí. Saben dónde encontrarme.
Suyo;
Deja un comentario